Ensayo 3

La más afortunada de mi clase desafortunada

Una respuesta de una sola letra de mi gobierno, abierta bajo la lluvia afuera de una oficina de paquetería — sobre la esperanza, la suerte y por qué quienes aún podemos escribir tenemos que hacerlo.

Ciudad de México — 19 de agosto de 2026

Salí de la oficina de pasaportes con un sobre que llevaba diecinueve meses preparándome para abrir.

Yo sabía qué había puesto en mi solicitud, y por qué. En los primeros días de 2025, mi gobierno ordenó que todo pasaporte de los Estados Unidos llevara el sexo asignado al nacer de su titular — que toda renovación, toda reposición, sería revertida a él, sin importar la vida que trajera consigo. Sabía lo que decía la política, y sabía, con certeza casi total, qué pasaporte me iban a devolver. Así que lo documenté todo. Solicité la renovación con exactamente la información que mi pasaporte anterior ya llevaba: el nombre que llevo puesto desde hace más de una década, la cara que me he ganado, y una letra: *F*. La marqué sabiendo que la anularían. Y sabía que, al anular mi voluntad y mi intención, probarían, con su propia tinta, el fracaso de mi país en honrar mi derecho a existir como quien auténticamente soy. Para que, si alguna vez hiciera falta, yo pudiera presentarme ante los tribunales de México — mi hogar ahora — con un expediente limpio: mi solicitud, y su negativa.

Nada de eso podía prepararme para la realidad de salir de esa oficina de DHL con el sobre en la mano.

Una mano sostiene un sobre amarillo de DHL Express sobre la banqueta mojada. Arriba, escrito a mano: 'Matthies', junto al peso impreso — 0.3 kg / 10 oz — y al centro las palabras EXPRESS ENVELOPE.
El sobre, recogido — 0.3 kilogramos. Ciudad de México, 19 de agosto de 2026. Foto: Emma Matthies.

Me quedé de pie bajo una lluvia cada vez menos intermitente. Mi pareja, Alexis, tomó mi teléfono y lo apuntó hacia mí y hacia el sobre — porque meses atrás, en un ánimo más sereno, yo había decidido que este momento debía tener testigo. Lo había hecho y pensado todo, a lo largo de semanas y meses de preparación. Y en ese momento, nada de eso importó. Porque la esperanza seguía viva en mí. No la esperanza en un buen argumento jurídico. La esperanza de que la compasión, en algún rincón de algún corazón humano, todavía pudiera más que la política. De que alguien simplemente no mirara con tanto cuidado, y renovara mi pasaporte con el mismo marcador que ya había llevado durante diez años. Diez años de vida vivida en una identidad que llamo mía. Diez años en los que cada registro, en cada nivel, coincidía con mi experiencia vivida, y ya nadie lo cuestionaba. Una batalla de toda la vida por fin a mis espaldas — y una vida de aventura y libertad y pasión por hacer algún bien en el mundo, abierta frente a mí.

Pero el mundo cambió. Y yo me había aferrado tan hondo a la esperanza que no supe ver hasta dónde llegaban sus raíces.

La parte superior de un sobre amarillo de mensajería DHL, con su pestañita de cartón aún sellada, fotografiada sobre piedra desenfocada. Una banda gris lleva letras rojas: '¡DOCUMENTO IMPORTANTE!' — y debajo: 'Puede permanecer en tienda hasta 30 días. No destruir y retornar a origen'.
«No destruir y retornar a origen». 19 de agosto de 2026. Foto: Emma Matthies.

Jalé la pestañita de cartón en la parte de arriba del sobre y lo oí abrirse — la vibración suave del desgarro. Adentro encontré primero mi pasaporte y mi tarjeta pasaporte anteriores: cancelados ya y, aun así, en su propia cara, verdaderos. Debajo venía otro sobre con su propio sello, de la oficina donde imprimen los nuevos. Ese también lo abrí. Y ahí estaban. Mis documentos nuevos. Saqué el pasaporte y lo abrí en la página que importaba.

*M.*

Hicieron exactamente lo que yo esperaba que hicieran. Pero otra parte de mí había creído, ilógicamente y contra toda probabilidad, que por algún azar o por la compasión de alguien yo sería la excepción. Que tendría suerte. Esa esperanza, la de esa misericordia en particular, me había mantenido suspendida por encima del peso completo del rechazo y del borrado. Y en ese momento, murió. No toda mi esperanza, no sobre todas las cosas. Solo esa parte tan importante. Una luz interior, extinguida por tinta sobre una página — una página que se supone que le dice al mundo quién soy cuando salgo a recorrerlo, tratando de reducir el sufrimiento.

La luz se apagó. Entraron el frío y el duelo. La lluvia arreció. Luego el trueno, como si alguien le hubiera dado pie.

Yo quería estar en casa, en la cama, lejos de todo este sentir. Abrí la app y pedí un coche. Diecisiete minutos. Así que me quedé ahí, afuera de la oficina de DHL, tratando de procesarlo todo: cómo un mundo podía ser tan cruel como para quitarme una verdad que tuve que pelear toda la vida para que me fuera reconocida. Una verdad que solo pude reclamar después de vencer mis propios miedos y mi propio odio internalizado — un odio que no puse yo, sino otros que se sintieron con el derecho de decidir cuáles verdades pueden existir y cuáles no. Y ahora me la revocaban otra vez. No emocionalmente, esta vez, por gente cuyo apoyo yo necesitaba. Legalmente — por la gente que controla mi capacidad misma de cruzar una frontera siendo yo.

Revisé la app. Veintitrés minutos ahora. La lluvia apretó.

Les escribí a algunas amistades y a la gente con la que trabajo. Todo el mundo fue tan solidario como cualquiera podría llegar a serlo — doliéndose conmigo, por un mundo que no es así. Querían consolarme. Yo no estaba lista para ser consolada. Solo necesitaba llegar a casa y existir con esto. Con todo esto. Volver a anclar mi esperanza — otra vez. Negarme a ceder ante la oscuridad — otra vez.

Debería contarte qué es lo que dice la oscuridad, porque no habla en abstracciones. Habla con las voces de mi infancia — las que esperan a la noche para decirme que no soy realmente una mujer, que solo estoy confundida. Esa lección me la enseñaron temprano y a fondo, en un mundo que había decidido quién se me permitía ser antes de que yo aprendiera a leer. Quienes la enseñaron no eran villanos; eran sobrevivientes de herencias que apenas últimamente he empezado a mapear, pequeños traumas acumulándose de generación en generación hasta volverse los hogares que criaron a la gente que me crió. Pero una niña no puede ver el linaje. Una niña solo aprende: está mal que existas. Y las voces que enseñan esa lección no se van cuando creces. Se instalan.

Lo que por fin rompió su monopolio no fue la fuerza de voluntad. Fue la evidencia. Cuando la letra de mis documentos cambió, hace diez años, para mí nunca fue papeleo. Fue el sello del país que me crió, entrando en la discusión más vieja de mi vida — de mi lado. ¿Ves?, por fin podía decirle a la niña que lleva la cuenta: tienes permiso de existir. No estás mal. No estás confundida. Hasta ellos lo dicen ahora. Mi familia empezó, despacio, a suavizarse — tolerancia, sobre todo, y casi siempre respetuosa, pero real — y creo que en parte fue porque el mundo me aceptó primero, y me volvió más difícil de descartar. Y quiero decirlo con todas sus letras, porque las voces no son toda la historia de esa casa: los amo. Sé que soy amada — aun cuando no saben cómo decirlo — de todas las formas en que saben demostrarlo, aun cuando esas formas no son las que yo necesito. También ellos están haciendo su mejor esfuerzo, dentro de una vida entera de cargar con sus propios fantasmas. Los documentos nunca fueron todo el escudo; tuve personas que me amaron hasta hacerme posible. Pero eran estructurales. Sostenían una línea a las tres de la mañana que el amor, solo, nunca había terminado de alcanzar.

Así que cuando alguien pregunta cuánto puede pesar una letra en un pasaporte, esta es la respuesta. El gobierno que alguna vez me armó contra esas voces se cambió de bando en la guerra nocturna. La contraprueba tiene una fecha más reciente y un águila en la portada, y las voces saben leer. Y no creo que mi historia sea inusual en esto — eso es lo que hace que la retirada institucional pese mucho más de lo que parece desde afuera. Cuántas de nosotras pasamos décadas abriéndonos paso entre barreras internas construidas por gente que juraba que no teníamos derecho a existir, y el reconocimiento, cuando por fin llegó, no fue un mero trámite. Fue la prueba que usamos, contra nosotras mismas, para terminar la guerra. Quítala, y la guerra no se reanuda donde se quedó. Se reanuda en todas partes a la vez, de noche, en una voz que conoces desde la infancia. Yo conozco esa voz ahora — lo suficiente para saber que no es la enemiga. Nunca lo fue. Es una niña repitiendo lo que le enseñaron, gente repitiendo lo que a su vez le enseñaron, nada de ello culpa de una sola persona, todo ello la originación dependiente de este mismo ser que soy. A una niña herida no se le gana. Se le sana. Te sientas con ella a las tres de la mañana y le dices lo que nadie le dijo. Eso es la pelea en realidad — no una guerra contra ella, sino su largo cuidado — y ahora sé cómo hacerlo. Muchas de mis amistades están haciendo ese mismo cuidado con menos — menos refugio, menos ayuda, menos suerte.

Y la guerra ya no es solo interna. La letra ahora nos delata en cada frontera de la tierra — ante cada oficial, cada agente de aerolínea, cada base de datos que la copia hacia adelante — mientras el documento viva. En el cuarto equivocado, en el país equivocado, esa revelación no es humillación; es peligro. Cada cruce es un cachito de lotería que ninguna de nosotras compró, canjeado frente a un extraño con poder de Estado, con las probabilidades fijadas por la geografía y por quien tenga el sello ese día. Y algunas de nosotras, conociendo las probabilidades, simplemente dejaremos de cruzar — el congreso declinado, el funeral asistido por pantalla — una prohibición de viajar administrada por el miedo, el único daño de todo esto que no deja evidencia. Yo lo documenté todo. Ni siquiera yo puedo documentar un vuelo que nunca se reservó. Desafortunada nunca fue un sentimiento. Es una distribución.

Porque yo soy la afortunada. Soy una de las más afortunadas de mi clase desafortunada. Tuve los recursos para mudarme a otra nación solo para intentar encontrar paz. Tengo una pareja parada junto a mí bajo la lluvia, un abogado que contesta en minutos, un trabajo que le da sentido a mi vida, una ciudad que ha sido buena conmigo. Y por cada gramo de dolor que me quemaba el alma mientras esa luz se apagaba, otra persona trans — una que no pudo irse, con menos recursos y menos red de apoyo — lo está sintiendo doble o triple esta noche, y muchas veces sola. Por eso yo — de entre todas las personas trans — tengo la responsabilidad de arañar mi camino de regreso a suelo firme otra vez, y escribir. Porque por cada una de nosotras que encuentra la fuerza para contar su experiencia, otras cien nunca llegan hasta aquí. Sufren en silencio, muchas veces solas, y algunas pierden la batalla por seguir viviendo — y se convierten en un nombre más escrito con gis en un muro, para recordarnos a las demás por qué tenemos que seguir, para que nadie más llegue a ese final después de nosotras.

Hay un muro así a unos pasos de ese mostrador de DHL, al fondo de un jardín de rosas a un costado de la avenida: los nombres de mujeres a las que las instituciones de este país les fallaron, escritos a mano, corazones dibujados junto a algunos, rosas trepando hacia otros. Escribí sobre ese muro una vez, en un ensayo más feliz, mirando a cuatro hombres salir de la celebración más ruidosa del hemisferio para pararse frente a él y leer. No esperaba que mi propio papeleo pasara por ahí. Dos veces.

Cuatro hombres leen un largo muro conmemorativo escrito a mano con gis, al fondo de un jardín de rosas, bajo un encabezado que comienza 'VÍCTIMAS DE FEM—'. Decenas de nombres de mujeres llenan los paneles — Mariana Lima Buendía perfectamente legible — con corazones dibujados junto a algunos. La fotografía está drenada casi al monocromo: solo las rosas, las marcas rosas de gis y un rubor tenue en el monumento detrás conservan su color.
Junio, dos meses antes de la lluvia: cuatro hombres salen de la celebración más ruidosa del hemisferio a leer el muro. Foto: Emma Matthies.

Revisé la app. Trece minutos.

El agua cae a cántaros ahora, y los charcos han llenado calles y banquetas. Me quedo mirando los edificios de enfrente mientras Alexis me abraza. Las lágrimas tratan de abrirse paso. Todavía no estoy lista para aceptarlas. Me siento adentro de toda la emoción deshaciendo cosas en mí, y de toda la esperanza tratando de rehacerlas de maneras nuevas — años de resiliencia aprendida restableciéndose antes de que la desesperanza pueda asentarse. Porque yo he estado sin esperanza antes. Honda y oscuramente sin esperanza. Y donde no había esperanza de nada más allá de la oscuridad, de algún modo, la luz encontró camino. Lo ha encontrado todas las veces desde entonces. Por eso la oscuridad nunca ha vuelto a herirme tan hondo desde aquel punto. Esta noche tampoco iba a ganar. Pero por unos minutos, bajo la lluvia, se le permitió ser sentida.

Revisé la app. Tres minutos.

Y entonces — oh, no. El coche venía llegando del otro lado de una de las calles más anchas de la Ciudad de México que no son autopistas.

Así que corrimos. Chapoteamos hasta el cruce y atravesamos la calle inundada, los zapatos llenándose de agua, la ropa empapándose, ya sin refugio y ya sin necesitarlo. Llegamos al otro lado justo cuando nuestro coche nos pasó de largo, se detuvo a media cuadra, y esperó. Ese último tramo también lo corrimos.

Después caí en cuenta de que el conductor probablemente había visto todo por el retrovisor, mortificado — los dos, empapados, corriendo hacia él a través de la tormenta desde el lugar donde él había estado un momento antes.

Le di doscientos pesos de propina, en efectivo, para que al menos una persona no tuviera que perder la esperanza esa noche.

Luego subí, me despegué los zapatos y la ropa empapados, y me senté a arrancarle sentido al sufrimiento sin sentido.

Este es casi el último ensayo que hubiera querido escribir. De poder elegir, gastaría estas páginas en la belleza de este mundo — en la bondad que me trajo hasta aquí, en el trabajo que amo, que es intentar hacer un poco más legible el mundo natural que nos rodea. Esos ensayos existen, y habrá más; me niego a dejar que una sola letra se vuelva la parte que define mi historia. Pero lo difícil de escribir y lo correcto de escribir a veces son la misma cosa. Publicar esto cuesta algo — Alexis y yo contamos ese costo, y la respuesta a la que llegamos una y otra vez fue: escribe. Así que aquí estoy, en el escritorio, con ropa seca, con la tormenta todavía en las ventanas.

Este es el sentido que tengo, hasta ahora.

Las voces de la noche están entrenadas, y a un entrenamiento no se le gana discutiendo. Se le contraentrena. Hay dos voces que llevo años instalando deliberadamente contra la oscuridad, y si una parte de este ensayo fue sobre la guerra, esta parte es sobre el arsenal. La primera es la voz de la compasión — yo la aprendí en la figura de Quan Yin — la que dice: lo que sientes tiene permiso de sentirse. No eres débil por romperte; estás cargando algo pesado, y lo has cargado un largo camino. Esa voz ya habló una vez en este ensayo, bajo la lluvia, cuando a la oscuridad se le permitió ser sentida en lugar de ser combatida. La segunda es la voz que Joanna Macy llamó esperanza activa: el descubrimiento de que la esperanza nunca fue un sentimiento que uno espera recibir, como un pronóstico del clima. Es una práctica. No necesitas optimismo para ejercerla. Eliges la dirección hacia la que piensas mirar, y actúas hacia allá a la escala que te quede — y el actuar mismo es lo que hace que la esperanza vuelva a crecer. Doscientos pesos son esperanza activa. Un corazón de gis junto a un nombre es esperanza activa. También este párrafo.

Te cuento esto porque estas dos voces son la razón de que yo haya llegado hasta aquí, y son con las que pienso atravesar un tiempo en el que todo pesa más de lo que ha pesado en años. Y porque a las mismas instituciones que están retirando su reconocimiento de la gente como yo les encantaría que nuestras voces internas siguieran su ejemplo. Esa es la segunda mitad silenciosa de toda política como esta: la revocación de afuera quiere volverse una de adentro. No tiene por qué. Las contravoces se pueden reforzar a propósito — esa es la lección entera de mi supervivencia — pero no se instalan solas. Alguien las enseña. A mí me las enseñaron amistades que me querían.

Así que esto es lo que pido — y se lo pido a todo el mundo, seas quien seas, vengas de donde vengas. Voltea hoy hacia las personas más vulnerables que conozcas: las que tienen menos suerte que yo, menos refugio, sin abogado que conteste en minutos, sin pareja bajo la lluvia. Quizá la persona que necesita oírlo es una amiga. Quizá es alguien con quien te cruzas en la calle un día cualquiera. O quizá esa persona eres tú. Y enséñales estas voces. Diles, con las palabras que sean tuyas: lo que sientes tiene permiso de sentirse. Tienes permiso de existir. La esperanza es algo que vamos a hacer juntos, a la escala que nos quede. Dilo más de una vez — el entrenamiento requiere repetición, y el del otro bando lleva ventaja. Estarás ayudando a reconstruir un escudo que un gobierno quitó. Y resulta que esa clase de escudo nunca estuvo hecho de gobiernos, en realidad. Estaba hecho de voces. Puede estar hecho de la tuya.

Este es ese intento.

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La lluvia de este ensayo es real — grabada desde nuestra azotea, en otra tormenta. La calle debajo de ella es la grabación de alguien más, dada libremente. El trueno llegó del mismo modo. El desgarro del sobre es el desgarro real, del video que Alexis filmó bajo la lluvia.